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Fuente: Vladímir Astápkovich / Ria Novosti

Adiós a la forma más barata de viajar por Rusia

Pregunten a alguien que haya pasado algún tiempo en Rusia una buena manera de sumergirse en la vida cotidiana del país más grande del mundo y la mayoría les aconsejará hacer un viaje en tren de larga distancia en tercera clase o, según se conoce comúnmente, en ‘platskart’.

Heredados de la época soviética, los vagones ‘platskart’ son vagones de literas con una capacidad de hasta 54 pasajeros. A pesar de que los rusos de mayor poder adquisitivo los critican frecuentemente, para mucha gente son un recuerdo nostálgico de los viajes y vacaciones de la infancia.

El vagón ‘platskart’ es el más barato, sociable y lleno de pasajeros acumula todos los aspectos de la vida rusa. Ofrece la oportunidad de vivir un viaje que podrá resultar no del todo cómodo, pero que generará muchos más recuerdos que un viaje en primera o segunda clase. Para muchas generaciones de expatriados y viajeros por Rusia, el ‘platskart’ ha sido una fuente de nuevas amistades, pintorescas anécdotas y de un conocimiento más profundo de las complejas capas de la sociedad rusa.

Aunque el final del humilde vagón podría estar próximo, a juzgar por las recientes declaraciones del presidente de Ferrocarriles Rusos, Vladímir Yakunin, que ha anunciado sus planes de remplazarlos por otro tipo de vagones más cómodos en un futuro cercano. “En mi opinión, un anacronismo como es el ‘platskart’ debe ser remplazado por medios de transporte más cómodos”,  declaraba Yakunin.

El político Vladímir Zhirinovski, líder del partido LDPR, comparaba los platskart con una “pensión de mala muerte” y lamentaba su falta de espacio: “Es imposible dormir” asegura Zhirinovski. “La gente pasa y tropieza con tus pies. ¿Dónde puedes poner los pies? No existen vagones como estos en ningún otro lugar”, para añadir que “fueron inventados por el proletariado”.

Viajar en ‘platskart’ es realmente una experiencia colectiva que no deja espacio al esnobismo. A diferencia de los vagones de segunda clase (los ‘kupé’), más parecidos a los vagones de literas al estilo europeo, un ‘platskart’ es más bien como un albergue móvil. Mientras en un ‘kupé’ cada compartimento tiene una puerta corrediza que se puede cerrar, las literas del ‘platskart’ están abiertas y todas dan a un pasillo de la misma longitud del vagón. En el ‘kupé’ sólo hay cuatro camas por compartimento y el platskart tiene seis: dos bancos dobles uno frente otro con una mesa en medio y al otro lado del pasillo dos camas más estrechas en paralelo a la pared.

Los detractores del ‘platskart’ suelen señalar rápidamente sus defectos: están llenos de gente y generalmente mal ventilados, no hay privacidad y únicamente cuentan con dos baños para 54 personas. Además, como hacía constar Zhirinovski, las camas no son lo suficientemente largas y los pies de los pasajeros más altos tienden a sobresalir por el pasillo. Sin embargo, para muchos viajeros los inconvenientes están compensados por el sentimiento de aventura, así como por el fascinante primer plano de los ciudadanos rusos de a pie: el ‘platskart’ es una auténtica Arca de Noé.

Allí puedes encontrar estudiantes que viajan a su casa en las provincias, músicos, trabajadores de fábricas, ingenieros, mineros, atletas de camino a una competición en otra ciudad o comerciantes que transportan productos baratos importados de China o Asia Central. Por el contrario, tus compañeros en un ‘kupé’ generalmente encajan en el estereotipo de la clase media.

El ‘platskart’ pone a todo el mundo al mismo nivel y en los viajes largos se crea una especial camaradería y un espíritu de solidaridad que a menudo forman vínculos entre pasajeros con una rapidez sorprendente. En él se cuentan historias y anécdotas familiares, se debate sobre política y se comparte comida y bebida libremente.

Una odisea de cinco días desde Vladivostok hasta Omsk resultó animada por la amistad con un ingeniero de Novosibirsk y dos jóvenes reclutas navales que volvían a su casa de Samara después de servir en el Extremo Oriente. No sólo pasamos varios días comiendo, bebiendo y jugando a las cartas juntos, también fuimos invitados a cenar con los empleados del tren y fuimos testigos del rescate por parte de un grupo de soldados de un hombre que se había caído del tren.

En otra ocasión me subí a un tren con destino Irkutsk en Barnaul, al sur de Siberia, que iba lleno de comerciantes uzbekos con cientos de cajas de fruta por el pasillo, apiladas en las camas y hacinadas en los compartimentos para el equipaje. Intentando localizar mi cama la encontré cargada con unos cien melones y pasé la siguiente media hora negociando con su propietario para conseguir que quitara de mi cama su fruta.

Estos episodios son parte de la vida cotidiana en el ‘platskart’, y los veteranos podrían pasar una vida entera contando historias como esta. ¿Pero por cuánto tiempo?

Ahora que parece que los vagones ‘platskart’ están a punto de abandonar las vías de los ferrocarriles, estas aventuras se convierten cada vez más en una cosa del pasado, al tiempo que Rusia avanza poco a poco desde las formas de transporte “proletarias” hacia un modelo más europeo.

Fuente: Rusia hoy

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