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Bienvenido, Mr. Ruso

Hubo una época en la que, entre Rusia a Israel existía un Telón de Acero. Así lo llamaban unos y otros. El Telón de Acero. Al parecer, los distintos gobiernos de Rusia, entre la década de los 70 y la de los 90, se negaron sistemáticamente a que los judíos rusos abandonaran la Madre Patria y se trasladaran a su Tierra Prometida, Israel, como estaban haciendo otros judíos de todo el mundo. Y unos y otros se deseaban todo el tiempo. Los judíos ya asentados en Israel fantaseaban con la llegada de autocares de chicos y chicas rubios y rubias y aquellos, con sentirse por fin en casa. Pero el Telón de Acero estaba ahí y nada podían hacer para acabar con él. “Entonces llegó Gorbachov y desbloqueó la situación”, asegura el escritor. ¿Y qué pasó cuando se desbloqueó la situación? “Que ninguno cumplió las expectativas del otro”, contesta el escritor, que acaba de publicar una novela ambientada en esa época, Los amores solitarios (Duomo Ediciones).

El escritor es Eshkol Nevo (Jerusalén, 1971). Sabe de lo que habla porque su propio padre vivió en uno de los muchos barrios rusos que se formaron, aquí y allá, por toda Israel, cuando los rusos, al fin, llegaron. Porque llegaron, y no llegaron cientos ni miles, sino que llegó, nada menos, que un millón de ellos.“Por entonces en Israel vivían seis millones de personas, y aparecieron un millón de rusos. Fue como un tsunami”, explica Nevo. Está sentado en un cómodo sillón de hotel, y da sorbos de un vaso de agua. ¿Y lo de las expectativas? “Bueno, a los judíos de Israel los rusos les parecieron poco judíos, porque la verdad es que no eran judíos practicantes, eran judíos no religiosos, y la sensación fue la de que venían a quitarles el trabajo, y que encima eran un poco esnobs”, contesta. ¿Y a los rusos, qué les parecieron los autóctonos? “A los rusos les pareció que hacía mucha calor, que la gente gritaba todo el rato, por cualquier cosa, y que la comida era demasiado picante. No se sentían a gusto para nada“, dice. Así que hubo un “enorme malentendido”. Un malentendido con el que tuvieron que aprender a convivir.

Porque la operación Bienvenido, Mr. Ruso estaba en marcha y lo que se había hecho no podía deshacerse. El millón de rusos se quedó, y los malentendidos siguieron. “Aunque a día de hoy es una comunidad fuerte, tienen sus propios negocios, es casi una sociedad aparte”, dice Nevo, que ambienta en la novela en un pueblo al que llega precisamente una oleada de esos inmigrantes. Lo hace porque el alcalde, un tipo apellidado Danino, está imaginando que de uno de esos autocares se bajara una jovencísima y viuda y muy rubia y encantadora rusa que tal vez se llame Irina y acabará enamorándose de él, y formarán una envidiable pareja, y todo irá viento en popa. Pero lo que ocurre cuando los autocares llegan es que no están llenos de jóvenes encantadoras, sino de jubilados, jubilados liberales, sí, pero jubilados al fin y al cabo. ¿Y qué se ha decidido construir en el barrio en el que van a instalarse, al que acaban llamando Siberia? Nada menos que un nuevo ‘micvé’, un baño al que las mujeres jóvenes van a lavarse “después de la menstruación”, según indica el escritor. Es decir, algo inútil, porque no hay una sola mujer joven en el barrio.

Así,Los amores solitarios arremete contra la corrupción política, pero desde la sátira, una sátira divertidísima, en la que todo son malentendidos, como en aquella época, a principios de los 90, en la que rusos y judíos ortodoxos se vieron, por fin, las caras. Pero no sólo eso. La novela es también la historia de un desencaje, el del protagonista Ben Zuck, un huérfano que, por encima de todo, se siente fuera de lugar. Se enamora de una chica, pero luego la pierde, y acaba en el ejército, donde no es como los demás, y al poco, se convierte, y eso tampoco sirve, porque todo el mundo tiene prejuicios respecto a aquellos que se convierten, los que se convierten son “sospechosos”, dice el escritor. “Lo único que Ben busca es un lugar al que pertenecer, su viaje es una búsqueda de la pertenencia”, dice Nevo, escritor de éxito en Israel, y en medio mundo, que acaba de publicar en hebreo sobre, dice, “el lado oscuro de la paternidad”. ¿Lado oscuro? “Sí, sobre lo que ocurre cuando tu preocupación se convierte en una obsesión”, añade.

Eshkol Nevo tiene tres hijas. También estuvo una vez en el ejército. Y sobre todo cree en las segundas oportunidades. Su anterior novela publicada en España, La simetría de los deseos, tenía mucho que ver con ellas. “Conocí a mi mujer con 24 años. Al cabo de un tiempo, nos separamos, y cada uno tenía otra vida cuando volvimos a darnos una oportunidad. Y así hasta hoy. Por eso digo que creo en las segundas oportunidades. Funcionen o no”, sentencia.

Fuente: elmundo.es

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