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Los costes de una alianza con Rusia

“Francia está en guerra” ha anunciado el presidente François Hollande y Rusia no ha tardado en reaccionar. Moscú ofrece una alianza para “combatir la amenaza común” que representa el Estado Islámico (IS). Una nueva demostración de la excelente gestión del timing y habilidad del Kremlin para marcar la agenda. Pero conviene rebajar las expectativas y ser consciente de los dilemas y los costes que plantea esta hipotética alianza.

Indudablemente, cualquier cooperación para destruir o, al menos, degradar las capacidades de IS debe ser bienvenida. Pero es crucial no perder de vista que la de Siria es una guerra civil con múltiples bandos y alcance regional. Y ni en el frente militar -si no se produce un despliegue terrestre- ni por la vía diplomática se atisban claras opciones de pacificación.

Pero, el aspecto más problemático, y potencialmente contraproducente para la UE, se deriva de la narrativa rusa de su intervención. ¿Qué cabe esperar si adquieren mayor difusión, las imágenes y los vídeos de sacerdotes ortodoxos rusos bendiciendo las bombas y los aviones antes de partir hacia Siria? Un regalo para el aparato propagandístico de los terroristas del IS. Desde la perspectiva de la UE, en línea con las declaraciones del ministro García-Margallo, Asad puede ser ahora “el menor de los males”. Pero no es así para el grueso de la población siria. Y sólo la legitimidad es garantía de estabilidad a medio y largo plazo.

En la cuestión de los refugiados también conviene tener claro que, de nuevo, las perspectivas de la UE y de Rusia difieren notablemente. Esta crisis no sólo no inquieta al Kremlin sino que resulta útil en su agenda actual. Da alas a fuerzas xenófobas, como el Frente Nacional francés, tan afines al presidente Putin y generosamente financiadas por Moscú; cuestiona pilares del proyecto europeo como Schengen y refuerza, en definitiva, la narrativa del Kremlin sobre una UE disfuncional, impotente políticamente y moralmente decadente frente a la que Putin ha legitimado su retorno a la presidencia rusa desde marzo de 2012.

No obstante, el Kremlin adapta con mucha agilidad sus políticas y mensajes a las necesidades del momento. Inicialmente, el Kremlin negaba la hipótesis del atentado en la catástrofe del A321 por la repercusión en su opinión pública a la que Putin está vendiendo una historia de éxito y triunfo en Siria con la que alimentar la grandeza nacional rusa. Pero si la intervención pone a los ciudadanos rusos en peligro, el apoyo entusiasta puede evaporarse rápidamente. Así, a medida que adquirían consistencia las sospechas sobre un atentado, en medios rusos ha empezado a circular la teoría de que la autoría correspondía a los servicios de inteligencia británicos (MI6) y qataríes. Si había que aceptar que era un atentado, mejor desviar la atención hacia ese Occidente amenazante que asedia la fortaleza rusa. Pero todo ha cambiado con los atentados de París. Con esa “Francia en guerra”, el A321 es ya un atentado yihadista.

La alianza con el Kremlin ofrece, pues, expectativas inciertas en Siria y el coste, además, puede ser muy alto e ir mucho más allá. Moscú va a exigir el levantamiento de las sanciones en enero de 2016 y la aceptación explícita de su área de influencia, es decir, su derecho de tutela sobre las repúblicas ex soviéticas. Un golpe, quizás irreversible, para la credibilidad y política de vecindad de la UE y la certificación del fin del orden de seguridad europeo articulado sobre el Acta de Helsinki de 1975. Ahí es nada.

Fuente: www.elmundo.es

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