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Dos personas pasean en bicicleta frente a los restos de un edificio de Debáltsevo (Donetsk, Ucrania), el 24 de febrero. / LUCA PIERGIOVANNI (EFE)

Debáltsevo, la Grozni de Ucrania

En el centro de Debáltsevo, decenas de personas rodean una mesa de jardín, sobre la cual sus teléfonos móviles son alimentados por una maraña de cables y enchufes desde un transformador vecino. Con los pies en el fango, los propietarios de los teléfonos, exhaustos y desaliñados, esperan a completar la recarga para regresar a sus casas sin electricidad, sin agua, sin calefacción ni cristales y a menudo sin techo.

Esta es la realidad cotidiana de Debáltsevo, según se apreciaba el viernes en una visita a la localidad ferroviaria que los insurgentes prorrusos acabaron de conquistar el 18 de febrero. En teoría, desde el 15 estaba vigente el alto el fuego acordado en Minsk (Bielorrusia). Las fuerzas leales a Ucrania dominaron Debáltsevo desde la huida de las milicias prorusas en la segunda mitad de julio. Pero los secesionistas culminaron con éxito el asedio iniciado el 19 de enero y vuelven a controlar el centro ferroviario.

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En el cerco de Debáltsevo, Ucrania ha sufrido un gran revés: 2.971 soldados escaparon; 128 fueron heridos; 107, capturados, 19 desaparecieron y 18 murieron, según datos de Kiev del 23 de febrero. “Esto es una verdadera guerra y aún hay cuerpos en los bosques”, cuenta Víctor Goncharov, un coronel jubilado que en 1968 participó en la invasión soviética de Checoslovaquia. “Esto ha sido mucho peor. Me dan pena estos jóvenes que luchan en uno y otro lado”, afirma.

El paisaje en ruinas de Debáltsevo recuerda a Grozni en 1996, durante la guerra de Chechenia, y supera a Tsjinvali, la capital de Osetia del Sur, tras la guerra ruso-georgiana de 2008. Edificios desplomados, reventados, acribillados, quemados, hierros retorcidos, cristales hechos añicos y escombros por doquier. Es muy probable que bajo las ruinas aún haya cadáveres, señala un médico.

“Estábamos atrapados. Disparaban de todos los lados”, afirma Goncharov, que pasó un mes en el sótano y, ahora, ayudado por su mujer, parchea lo que queda de su casa. Los Goncharov viven en la calle Krásnaya y junto con los vecinos, abrieron boquetes entre huerto y huerto para formar un corredor de emergencia. El matrimonio no quiere cobijarse con los hijos residentes en Kiev. “Nos quitarían lo poco que tenemos aquí. Robaban los de antes y roban los de ahora”, afirma Víctor, mientras en las cercanías los artificieros hacen explotar las minas abandonadas.

Unos 3.000 soldados de Kiev huyeron de la localidad al final del cerco prorruso
Los insurgentes, que en julio no pudieron retener la ciudad, han vuelto mejor equipados y en una operación coordinada entre las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk (RPD y RPL), explican unos jóvenes que dicen haberse escondido mientras el pueblo estuvo bajo la administración de Kiev.

En Debáltsevo, antes de la guerra, residían 25.000 personas, que en su mayoría fueron evacuadas. Ahora, los habitantes salen de los escondrijos donde se han refugiado y otros regresan poco a poco. “Hacemos visitas a domicilio y todavía hay gente traumatizada que teme abrirnos”, afirma el doctor Maurice Negre, de Médicos Sin Fronteras (MSF), que llegó con su equipo el 21 de febrero. En la ciudad, calcula, debe de haber unas 5.000 personas y su número aumenta.

De Donetsk a Debáltsevo hay 75 kilómetros, pero, por seguridad, los civiles prefieren una ruta de casi 170. Por el camino, desfila una caravana de vehículos procedente de la frontera con Rusia, con cerca de 60 camiones marcados con la inscripción Ayuda Humanitaria de la Federación Rusa y 21 cisternas de crudo. En la zona secesionista la gasolina escasea y la que hay sube de precio a ojos vistas.

Las restricciones al transporte desde el territorio controlado por Kiev revalorizan la frontera rusa y la importancia del tren para los insurgentes. En vez de camiones que saltan sobre la carretera deformada por las bombas y cisternas de 20 toneladas de capacidad media, el tren puede traer contenedores de gran capacidad. A unos 10 kilómetros de Debáltsevo, atravesamos lo que queda de un puente, debajo del cual se extiende la vía del tren, en parte dañada. Los insurgentes no han restablecido aún el transporte ferroviario con Rusia.

En los accesos a Debáltsevo aún hay huellas de los combates: tanques carbonizados, restos de municiones, ropa militar e incluso un ligero olor a materia orgánica en descomposición. Ante el local de reparto de ayuda humanitaria los civiles forman una larga cola para recibir comida, agua, pan, prendas de abrigo y otros objetos básicos. Se repartían mantas y velas. Entre las cajas marcadas con las siglas de Unicef y Cruz Roja Internacional deambula una mujer en traje de camuflaje. Dice llamarse Zhana y haber venido desde Kiev a luchar del lado de los insurgentes. “Mi hijo que es estudiante cree que estoy aquí de enfermera”, afirma, mientras recoge comida para sus soldados “en primera línea del frente”.

Un grupo de chicos preguntan si es verdad que el jefe del Gobierno ruso, Dmitri Medvédev, prometió financiar la reconstrucción de Debáltsevo. Los jóvenes critican a Kiev y a sus representantes y se crispan cuando Tatiana, empleada en una empresa de los ferrocarriles afirma que, con la llegada de los insurgentes, “han desaparecido nuestros ordenadores”.

Entre los uniformados que circulan por Debáltsevo están los cosacos. Uno de ellos, que se presenta como Nikolái Pashkovski, dice que entre sus misiones está el detectar la presencia de “agentes de Ucrania” vestidos de paisano.

La clínica de Debáltsevo tiene los cristales rotos, pero su reconstrucción ha comenzado. El médico jefe Valeri Lutsenko admite que durante estos meses el personal sanitario ayudó a dos milicianos heridos a huir a Rusia. Otros dos milicianos fueron detenidos por los ucranios al recibir el alta. Ahora, uno de ellos ha vuelto “vivo, pero con una herida sin cicatrizar”. Del otro, no saben nada. “Esto es una guerra civil”, dice el doctor.

Fuente: Elpais

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