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Fuente: Iván Dementievski/dementievskiy.livejournal.com

Guía para sobrevivir en la tierra de los volcanes

De entre toda la riqueza y diversidad de los paisajes rusos destaca con una fuerza singular la remota y severa Kamchatka, una tierra de volcanes en erupción.

Es uno de los pocos lugares del planeta donde se puede observar una concentración tan alta de volcanes y sentir el aliento caliente de la tierra, a veces mortal para cualquier ser vivo. Pero, si te levantas temprano, puedes ser el primero en Rusia en dar la bienvenida al amanecer.

Volamos a esta tierra para filmar una película sobre la supervivencia en Kamchatka. La ciudad de Petropávlovsk-Kamchatski nos acogió con lluvia. La diferencia horaria con respecto a Moscú es de ocho horas. Con el cuerpo aún dormido por el desfase horario, nos vemos forzados a comprar provisiones antes de emprender el viaje a las montañas. “Lo más importante es aguantar hasta tarde y obligarse a dormir por la noche”, nos aconseja nuestro guía. “Un par de días y os habréis acostumbrado. Lo más importante es que llevéis bengalas de emergencia por si os encontráis con un oso. ¡Bajo ningún concepto corráis para huir de ellos, no os servirá de ayuda!”.

Al atardecer dejó de llover y sopló una brisa ligera que despejó un poco la niebla. Ya en el ocaso, pudimos divisar los contornos de los volcanes a lo lejos. Sólo entonces nos dimos cuenta de que estábamos en una auténtica reserva de volcanes, en los confines de la tierra: ¡un sueño acariciado durante muchos años se hacía realidad!

Los volcanes Mutnovski y Goreli

Antes de poder ver los volcanes más de cerca, hay que pasar durante varias horas por un terreno sembrado de guijarros rotos. Al principio el camino serpentea a lo largo del río y, al cabo de dos horas, nos encontramos en un paso de montaña. Desde lo alto del paso, se aprecian unas vistas magníficas del cráter de Viliuchinskaya. Luego el camino desciende abruptamente por el valle y nos acercamos a los volcanes Mutnovski y Goreli.

Mutnovski es famoso por sus campos de fumarolas, unos de los más impactantes del mundo, y es un espectáculo inolvidable, un festín para los ojos. Incluso si las nubes densas entoldan el cielo con la amenaza de descargar un aguacero vale la pena enfundarse un impermeable y salir a chapotear en el barro y la nieve, que en algunos puntos es perpetua.

Un sendero apenas perceptible transcurre a lo largo de las laderas. Una breve subida en suave pendiente por el cañón y pronto sentimos ya un olor característico muy similar al de los huevos podridos: el viento arrastra restos de dióxido de azufre tóxico que emanan de los subsuelos profundos. En los últimos cincuenta metros hay una elevación abrupta y allí surge la primera zona de fumarolas. ¡Es como estar (no temo hacer esta comparación) en la boca del infierno!

Bajo nuestros pies burbujean pequeños géiseres, enormes agujeros aquí y allá, con el ruido y el silbido que se escapa junto con el vapor caliente. El viento mutable arrastra con regularidad hasta donde estamos densas nubes de gases tóxicos. Hay que evitar inhalar esta nube de gases, sólo podemos aventurarnos a hacerlo a través de un trapo. Utilizamos para ello nuestros gorros, no disponemos de máscaras protectoras. Si vas a parar dentro de una gran nube tóxica y no te das prisa en escapar, corres peligro de asfixiarte. Así que hay que estar ojo avizor al viento y los vapores que se acumulan alrededor. En general, caminar por las zonas de fumarolas, por decirlo suavemente, es arriesgado. Se deben extremar las precauciones: si tropiezas, puedes caer literalmente en el infierno, es decir, perdón, debajo de la tierra. Tanto es así que ya se han producido accidentes de este tipo.

Después de cada invierno, los campos de fumarolas en el volcán Mutnovski se transforman drásticamente. Un año después de viajar allí no sé dónde se habrán escondido las imponentes máscaras de los espíritus de la montaña, las cuencas de sus ojos y las fauces de las que el vapor salía con un silbido. Daba la impresión de que la tierra no despedía una gran cantidad de gas, pero de pronto aparecieron unos enormes lagos burbujeantes en los que bullía líquido. Y resulta que allí por donde era seguro pasar hace un año, al siguiente puede ser mortalmente peligroso.

Después de la visita al volcán Mutnovski, la ascensión al volcán Goreli daba la sensación al principio de que sería un paseo silencioso y despreocupado. Excelente visibilidad, aire fresco, sol. Cuando alcanzamos el borde del cráter, vimos un lago en el que flotaban trozos de hielo. Este lago de agua dulce coexiste con otro hermano, un lago de agua ácida, que se encuentra separado de él por una pequeña partición.

Para realizar un experimento fotográfico, subimos al atardecer, con la esperanza de captar imágenes del volcán en el ocaso. Pero, cuando la niebla fría cayó en un agujero encandecido y de allí empezó a salir una cantidad descomunal de gases tóxicos emitiendo un silbido, tuvimos que marcharnos con premura de allí.

El volcán Kliuchevskaya y la región del volcán Tolbachik

A finales de la década de 1960, Rusia se volcó en el estudio del espacio y una de las líneas de investigación más importantes fue la conquista de la luna. Estaba previsto no solo poner un pie en el satélite sino también llevar a cabo investigaciones sobre el terreno, para lo cual se necesitaba un Lunojod o astromóvil.

Después de darle muchas vueltas al tema, los estudiosos e investigadores llegaron a la conclusión de que las propiedades de la superficie lunar eran muy similares a las de la escoria volcánica, así que las miradas de los investigadores se dirigieron a Kamchatka. En 1969 y 1970,  en la zona del volcán Tolbachik, se llevaron a cabo, en el más riguroso secreto, varias pruebas de una técnica que más tarde se empleó en la luna.

En 1975, en esta misma zona, se produjo una erupción de gran fisura. A lo largo de más de un año se desató un auténtico infierno. Imagínenselo: la dispersión de bombas encandecidas alcanzó los dos kilómetros, y la velocidad de la emisión de gases a veces superó la del sonido. La columna de gas y cenizas llegó a registrar una altura de 5-6 kilómetros y la cola de cenizas se extendió a una distancia de hasta 1.000 kilómetros.

Quedó arrasada por completo la vegetación en un área de más de 400 kilómetros a la redonda y solo ahora, en zonas aisladas, han empezado a surgir los primeros brotes de maleza. Había oscurecido ya cuando nuestro jeep salió a un claro desde el bosque y pudimos ver un cono resplandeciente sobre un cielo ennegrecido.

Tuvimos claro que pasaríamos todo el tiempo que pudiéramos permitírnoslo al pie del volcán Kliuchevskaya. El hecho de que esto significara alterar drásticamente nuestro itinerario no nos preocupaba lo más mínimo. Este volcán silencioso que vomitaba fuego atraía toda nuestra atención y un único pensamiento -el de acercarnos más- martilleaba insistentemente en nuestras cabezas.

Por la mañana, después de enterarnos del camino que debíamos seguir, descubrimos que, a pocos kilómetros de distancia, mucho más cerca de los volcanes, había un campamento e incluso un pequeño lago. El acceso al lugar corría por cuenta propia.

Ese día, ya en el campamento, después de comer, el volcán Kliuchevskaya empezó a tronar, a veces con tanta frecuencia que daba la impresión de que cerca se estuvieran desarrollando entrenamientos militares.

Pronto en nuestras tiendas de campaña, las escudillas, las jarras y los tenedores quedaron cubiertos por una capa delgada de ceniza. Esta ceniza penetraba en todas partes: se metía en los ojos, crujía entre nuestros dientes, estaba hasta en la comida… Y, cuando una inmensa columna de humo blanco se elevó con gran estruendo, pensamos que estábamos asistiendo a una nueva fase de erupción. Un poco más tarde, se hizo evidente que el río de lava había alcanzado el glaciar.

Un bosque muerto

Justo al otro lado del volcán Tolbachik, no muy lejos del lugar donde establecimos nuestro campamento, hay un bosque muerto, con los restos de árboles arrasados durante una gran erupción que se produjo en 1970.

Es un lugar único y de lo más inquietante, especialmente si se llega cuando hace tiempo nublado o brumoso. Por el camino se encuentran fragmentos de la cola de un helicóptero que se estrelló allí. Dicen que en esta zona la capa de cenizas alcanza los siete metros y que muy pronto la vegetación emergerá a la superficie. El bosque muerto está conformado por copas de árboles, cuyos troncos están sepultados bajo una capa de ceniza.

Fuente: Rusia hoy

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