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Uruguay es uno de los pocos países en el que se presentó la obra de Eifman. Fuente: Nicolás Garrido.

La fuerza femenina de ‘Hamlet ruso’ llegó de San Petersburgo

Elena Kuzminá tenía 5 años cuando en su pequeña ciudad natal de Kaluga, al suroeste de Rusia, tuvo un accidente que le ocasionó una fractura de cadera. Tras un período de inmovilización, desarrolló una renguera, por lo que los médicos le recomendaron una actividad que la ayudara a nivelar las piernas: el deporte o el ballet.

A su madre le pareció que el mundo de la danza era una mejor opción, y al año siguiente Kuzminá comenzó a tomar clases. Poco después, unos profesores aconsejaron que la niña fuera a San Petersburgo, porque tenía condiciones. Con 9 años, Kuzminá se fue a vivir sola a la antigua capital imperial, donde ingresó a la Academia de Ballet de Vagánova, una de las más prestigiosas escuelas del mundo. El mismo año que egresó, en 1989, entró a la compañía de Boris Eifman en San Petersburgo, de la que aún forma parte.

Más de tres décadas después de aquel accidente, a los 42 años, Kuzminá sigue deslumbrando en el escenario, como lo demostró en las dos funciones que protagonizó de Hamlet ruso junto al Ballet Nacional del Sodre (BNS) en el Auditorio Adela Reta. La bailarina, que además fue la maestra repositora de la obra de Eifman junto a Serguéi Zimin, conversó con Rusia Hoy dos días antes del estreno de la obra en Montevideo, el 5 de diciembre. El espectáculo –ovacionado por el público uruguayo– es creación de uno de los principales renovadores de la danza rusa, que fusiona lo clásico con lo contemporáneo, y que en esta obra mezcla la historia real del zar Pedro III, su esposa Catalina la Grande y su hijo Pablo con Hamlet de William Shakespeare.

El BNS “me sorprendió por su gran calidad”, dijo Kuzminá en uno de los palcos del auditorio, durante un descanso de los ensayos. “El ballet de Eifman es muy específico y no cualquier cuerpo de baile puede adaptarlo. El nuestro destaca porque tiene que tener fuertes todas las partes del cuerpo”, señaló la artista, que conoció a Julio Bocca en 2005 durante una puesta de Hamlet ruso en Buenos Aires. Con respecto a las virtudes del cuerpo de baile uruguayo, Kuzminá destacó la técnica de puntas de las bailarinas y los saltos de los bailarines, especialmente del protagonista, el español Ciro Tamayo. No obstante, destacó que pensaban que los latinoamericanos eran personas mucho más emocionales y que les sorprendió que lo que más hubo que trabajar fue la transmisión de emociones. La obra tiene un alto componente dramático, algo que se ve especialmente reflejado en el personaje de Kuzminá, quien destaca por su fuerte presencia escénica como Catalina la Grande.

Uruguay es uno de los pocos países en el que se presentó la obra de Eifman y el motivo para esto no es otro que Bocca, señaló la bailarina. “Siempre fue un gran profesional, tanto en su momento de bailarín como ahora de director de la compañía. Sus metas son muy claras y muy altas”.

La rusa también elogió la metodología de trabajo del ballet en el país. “Acá tienen dos días libres a la semana y terminan a las cinco de la tarde”, explicó, mientras que en la compañía de la que forma parte se hace una pausa en la tarde pero se trabaja desde la mañana hasta la noche. “Esto es específico del ballet de Eifman, que es un poco dictador”. No obstante, el que todo dependa de él “es favorable porque así obvian las intrigas, y los tejes y manejes”, sostuvo.

Con respecto a la convulsa situación del Bolshói, Kuzminá explicó que el mítico teatro moscovita “es como un Estado dentro de un Estado, tiene mucho dinero y mucho vínculo con el gobierno. Lo nuestro es mucho más sencillo porque es teatro de autor”. El Bolshói fue sede del mayor hito de su carrera: cuando protagonizó Giselle roja en este recinto. “Quienes nos apadrinaron en ese momento fueron Ekaterina Maxímova y Vladímir Vasiliev, que eran mis ídolos”, recordó. A su vez, el BNS prevé presentarse el año que viene en este teatro.

Kuzminá reconoció que, a pesar de la importancia del ballet en Rusia –que se desarrolló mucho durante el período soviético, ya que había una directiva para que incluso las ciudades pequeñas tuvieran teatros y escuelas de ballet–, es importante que en la actualidad “los gobernantes y el Ministerio de Cultura tomen cartas en el asunto y se preocupen un poco más, porque debido a la apertura (del modelo) muchos buenos pedagogos emigraron”.

La bailarina se mostró muy contenta de su paso por Uruguay, por el buen trato que recibió del BNS, además de que pudo pasear por Punta del Este, probar la carne y disfrutar del “buen clima”. “Nunca me voy a arrepentir de haber venido”, dijo la artista, que recordó una de las anécdotas de los ensayos. “En el final del primer acto hay una escena en la que se hace una pirámide humana y yo me muevo hasta la cúspide. Cuando llegaba, los bailarines locales gritaban: “¡Vodka!”. Ahí entendimos el concepto que tienen de los rusos. Pero demostramos los que somos, y ya no usan esa palabra”, dijo entre risas.

Fuente: Rusia hoy

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