Domingo , 21 diciembre 2014
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Mendeléiev: la química, el vodka y un viaje en globo
Mendeléiev

Mendeléiev: la química, el vodka y un viaje en globo

Al célebre químico ruso Dmitri Mendeléiev (1834-1907) se le conoce principalmente por la tabla periódica de los elementos cuyo impacto en la ciencia es comparable al que produjo el descubrimiento de la electricidad. Pero la mitología popular también le atribuye la invención del vodka.
Según la leyenda, antes de Mendeléiev el contenido de alcohol en el vodka era bastante arbitrario y se dice que fue el primero en calcular el óptimo número mágico: 40. El resto, como se suele decir, es historia.

Mendeléiev no se consideraba químico. Y hacía bien, pues en aquellos tiempos la palabra “químico” era sinónimo de “estafador”.  El verbo jimichit (derivado de “jimia”, química) significaba “trampear”, “engañar”.

Mendeléiev era un hombre polifacético. Fabricó maletines de cuero, inventó la pólvora sin humo, asesoró al Ministro de Hacienda zarista Serguéi Witte, voló en globo e incluso enseñó a escribir poesía al célebre poeta Alexander Blok. Cuando este último fue a pedirle la mano de su hija, Liuba, Mendeléiev le hizo sentarse en el diván y empezó a leerle el cuento El caballito jorobado de Piotr Yershov. Después le dijo: “¿Puedes escribir así? Si la respuesta es no, no digas que eres poeta”.

En cuanto a sus expediciones por el aire, no faltan las anécdotas. Un día, el científico decidió observar un eclipse solar desde un aeróstato de nombre Russki (“ruso”). Le tenía que acompañar el teniente Kovanko. Estaba nublado, caía una llovizna detestable.

Mendeléiev y Kovanko se subieron a la barquilla del globo, cortaron la cuerda, pero el globo no se movió. El científico decidió aligerar un poco el globo, tirando todo lo que pesara. El globo siguió clavado en el sitio. Entonces gritó al teniente. “Salga. ¡Viajaré yo solo!”. Al cabo de un minuto, el globo salió disparado y se ocultó entre las nubes. Las tinieblas que se cernieron sobre la Tierra tuvieron un impacto nefasto en el público. La esposa de Mendeléiev se puso enferma y tuvieron que llevársela a casa. El ambiente opresivo se acrecentó cuando llegó un telegrama: “Se ha avistado el globo, pero Mendeléiev no viaja a bordo”.

Había razones, en efecto, para inquietarse. Tras haber observado el sol negro en un cielo vacilante, Mendeléiev decidió emprender el descenso, pero no pudo hacerlo: la cuerda que controlaba la válvula de gas del aeróstato se había enredado. Tratando de no mirar hacia abajo, se subió a la barquilla y, balanceándose, desenredó la cuerda. Le molestaba mucho el pesado abrigo de paño que se había puesto para no resfriarse y las altas botas de caña.

Y ahí iba él, un hombre de 53 años, encorvado, sobre las nubes… Se sentía mareado, había pequeños puntos rojos saltando delante de sus ojos. Al cabo de un rato, después de que saliera un poco de gas del aeróstato, el globo comenzó a descender.Según la leyenda, antes de Mendeléiev el contenido de alcohol en el vodka era bastante arbitrario y se dice que fue el primero en calcular el óptimo número mágico: 40. El resto, como se suele decir, es historia.

Mendeléiev no se consideraba químico. Y hacía bien, pues en aquellos tiempos la palabra “químico” era sinónimo de “estafador”.  El verbo jimichit (derivado de “jimia”, química) significaba “trampear”, “engañar”.

Mendeléiev era un hombre polifacético. Fabricó maletines de cuero, inventó la pólvora sin humo, asesoró al Ministro de Hacienda zarista Serguéi Witte, voló en globo e incluso enseñó a escribir poesía al célebre poeta Alexander Blok. Cuando este último fue a pedirle la mano de su hija, Liuba, Mendeléiev le hizo sentarse en el diván y empezó a leerle el cuento El caballito jorobado de Piotr Yershov. Después le dijo: “¿Puedes escribir así? Si la respuesta es no, no digas que eres poeta”.

En cuanto a sus expediciones por el aire, no faltan las anécdotas. Un día, el científico decidió observar un eclipse solar desde un aeróstato de nombre Russki (“ruso”). Le tenía que acompañar el teniente Kovanko. Estaba nublado, caía una llovizna detestable.

Mendeléiev y Kovanko se subieron a la barquilla del globo, cortaron la cuerda, pero el globo no se movió. El científico decidió aligerar un poco el globo, tirando todo lo que pesara. El globo siguió clavado en el sitio. Entonces gritó al teniente. “Salga. ¡Viajaré yo solo!”. Al cabo de un minuto, el globo salió disparado y se ocultó entre las nubes. Las tinieblas que se cernieron sobre la Tierra tuvieron un impacto nefasto en el público. La esposa de Mendeléiev se puso enferma y tuvieron que llevársela a casa. El ambiente opresivo se acrecentó cuando llegó un telegrama: “Se ha avistado el globo, pero Mendeléiev no viaja a bordo”.

Había razones, en efecto, para inquietarse. Tras haber observado el sol negro en un cielo vacilante, Mendeléiev decidió emprender el descenso, pero no pudo hacerlo: la cuerda que controlaba la válvula de gas del aeróstato se había enredado. Tratando de no mirar hacia abajo, se subió a la barquilla y, balanceándose, desenredó la cuerda. Le molestaba mucho el pesado abrigo de paño que se había puesto para no resfriarse y las altas botas de caña.

Y ahí iba él, un hombre de 53 años, encorvado, sobre las nubes… Se sentía mareado, había pequeños puntos rojos saltando delante de sus ojos. Al cabo de un rato, después de que saliera un poco de gas del aeróstato, el globo comenzó a descender.

Cuando el globo aterrizó, apareció corriendo al escenario de los hechos un jefe local y, mirando con recelo a Mendeléiev, le preguntó: “¿Es usted espía?”. “Soy científico”. “Bueno, señor científico” –respondió el jefe local-. “¿Por qué no se va de aquí? Yo cuidaré de su globo”.

Con toda probabilidad el jefe de la aldea se encontraba en ese momento bajo el influjo de “mendeleievka”, la bebida rusa nacional, el vodka de 40 grados…

Fuente: Rusia hoy

 

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