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Fuente: Ria Novosti / Alexéy Kudenko

Mitos y realidades sobre la seguridad en las ciudades de Rusia

Uno de los miedos más comunes e infundados sobre Rusia en el imaginario colectivo de los visitantes es la violencia callejera.

Cualquiera que haya visitado Moscú en los últimos años puede certificar que la capital rusa es por lo general un lugar seguro, a menos que vayas bebido a las 3 de la madrugada dando vueltas por los suburbios más alejados de la ciudad.

En cuanto al resto del país, es difícil clasificar una ciudad como segura o poco segura, ya que las condiciones locales varían bastante. Un amigo mío comparaba Vladivostok con Moscú y San Petersburgo respectivamente y decía que las dos ciudades costeras tienden a ser menos seguras que la capital rusa. Yo personalmente nunca he tenido ningún problema en ninguna de estas ciudades, aunque me inclino a estar de acuerdo con la opinión de mi amigo. Incluso en la Rusia central, algunas ciudades están simplemente mejor administradas que otras y son, por extensión, más seguras.

Tras haber viajado por numerosos lugares del país, he tenido ocasión de oír muchos consejos para sentirse más seguro en algunos de los lugares más peligrosos. La regla número uno es usar un lenguaje corporal correcto. En un país como Japón, caminar en una postura no agresiva y comportarse lo más mansa y humildemente posible significa ganarse el respeto de la gente local. Sin embargo, esto es algo que podría llevar fácilmente a una situación incómoda en una ciudad rusa que no tenga muy buena reputación en lo que se refiere al crimen. Caminar con confianza y sin encoger los hombros es una manera segura de disuadir a un potencial matón callejero. La mansedumbre no es una virtud que lo que los rusos llaman ‘gopniks’ (delincuentes de poca monta) aprecien en demasía.

En caso de que tenga lugar un encuentro desafortunado, no hay nada como el poder de una larga conversación. Un atardecer de otoño en la ciudad siberiana de Irkutsk fui testigo de cómo hablar de las cosas puede llegar a evitar una paliza. Mientras caminaba por la calle con un alemán y dos rusos, nos encontramos a dos jóvenes fumando junto a la puerta de un edificio. Obviamente, tenían ganas de pelea y nos llamaron gais. Yo estaba más que dispuesto a ignorarlo y seguir caminando, pero uno de mis amigos rusos, que no tiene a los homosexuales precisamente en gran estima, les respondió con un insulto que no puedo reproducir en estas líneas.

En cuestión de un minuto los dos jóvenes consiguieron refuerzos y nosotros cuatro acabamos rodeados por más de diez personas.

El alemán de nuestro grupo no entendía el ruso y estaba petrificado, pero las cosas no se llegaron a poner feas. Hubo una larga discusión sobre quién había sido el culpable y la conversación duró casi una hora. Al final de la charla, nuestros ‘enemigos’ nos dieron un apretón de manos y nos separamos amistosamente. Esto impactó al alemán, quien pensaba que íbamos a acabar llenos de moratones después de la pelea.

Hablar tiene una forma mágica de sacar a uno de los problemas en este país, y no solo con los delincuentes. Cuando era estudiante en Rusia viajé a mi casa durante unas pequeñas vacaciones y me olvidé de llevarme mi carnet universitario. Cuando volví al país, la empleada de la oficina de inmigración en el aeropuerto vio mi visado de estudiante y me pidió el carnet, que no llevaba conmigo en aquel momento.

Cuando me preguntó por qué no lo llevaba, le di una larga lista de circunstancias que me habían llevado a olvidar coger mi carnet antes de irme de vacaciones. Ella pudo asegurarse de que yo era realmente estudiante y la larga cola de impacientes pasajeros que había detrás de mí hizo que sacudiera la cabeza y sellara mi pasaporte. Continué con mi monólogo hasta que me devolvió el pasaporte.

Estuvo frunciendo el ceño durante todo el encuentro, a punto de pedirme que me callara de una vez.

Cuando se trata de la seguridad, sin embargo, aquellos que son ‘visiblemente extranjeros’ deben permanecer en guardia cuando viajen a algunas de las partes más alejadas del país. A menudo, en las ciudades y pueblos más pequeños existe una percepción de que la gente extranjera debe de ser rica por defecto (este tipo de actitudes también prevalecen en otros países en desarrollo). Por otra parte, es también en las ciudades pequeñas donde la gente será más cercana y útil si alguna vez lo necesitas. Lo mismo ocurre con los agentes de policía, que están mucho menos estresados que sus compañeros de Moscú.

Durante la última década, la combinación de prosperidad general en Rusia y la activa campaña contra el alcohol ha hecho que el país sea mucho más seguro. El sentido común y las precauciones internacionales habituales harán buena parte del trabajo necesario para estar fuera de peligro.

Fuente: Rusia hoy

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