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Peterhof, el Versalles ruso

Peterhof, el Versalles ruso

Seguramente, todo el mundo ha oído hablar de Peterhof, maravilloso lugar situado en las afueras de San Petersburgo.

Se puede decir, sin temor a exagerar, que los habitantes de nuestro país se dividen en quienes han visitado ya esta residencia de los zares y sueñan con volver allí y quienes no lo han hecho todavía, pero lo tienen en mente para algún momento de su vida. ¡Y Peterhof no los defraudará!

El 15 de agosto la residencia imperial veraniega cumplió 290 años y fue cuando se puso en funcionamiento la Cascada Grande, la fuente más impresionante del Parque Inferior.

Para llegar a este conjunto de palacios y parques en verano, nos tendríamos que meter en una larga cola de coches y autobuses de excursionistas que van avanzando a 40 kilómetros por hora, llenando los cuatro carriles de la autopista. Y también ir dando vueltas por el aparcamiento, en el desesperado deseo de encontrar sitio.

Armarse de paciencia para comprar las entradas. Y, por fin, sumergirse en la calma de las arboledas del Parque Inferior, admirar las esculturas doradas y el mármol de las fuentes y cascadas. Buscar con la piel el chispeante frescor del agua y asomarnos a los soberbios aposentos del Palacio Grande. Visitar el encantador palacio llamado Monplaisir, el primero en ser construido por Pedro el Grande, compuesto tan sólo por tres estancias y dos galerías con pinturas holandesas o pasar por el Pabellón de Baños, con fuentes que salpican a traición, recintos para la emperatriz y los caballeros y sus montones de balas de cañón que se calentaban y luego se enfriaban con agua, soltando vaho.

Ni siquiera en invierno pierde su encanto Peterhof, llamado también el Versalles ruso.

Merece la pena ir allí en invierno y no por disfrutar de la entrada gratuita, sino por verlo todo distinto. Un universo libre del bullicio de los turistas y de las voces de los guías, sin estancos con agua o helado, sin puestos de souvenirs. Un universo lleno de sosiego y nieve impoluta que cubre con un helado manto las estatuas, las fuentes y los árboles. Las ardillas y los pájaros, confiados, se bajan de las ramas, para aceptar de la mano de uno piñones, trocitos de pan o de queso. El aire frío refresca los pulmones y trae las ganas de vivir y disfrutar de la vida.

Peterhof está situado a unos 29 kilómetros de San Petersburgo, en la orilla del golfo de Finlandia. Es el sitio en el que en su momento Pedro el Grande cambiaba la carroza por un barco, para ir a la isla de Kotlin, donde se estaba construyendo la fortaleza de Kronstadt. El objetivo de ésta sería defender desde el Báltico la futura capital del Imperio ruso en la guerra contra Suecia.

El sitio le gustó al soberano, hasta el punto de decidir en 1711 que se instalaría en la orilla del golfo de Finlandia. La primera edificación de la futura residencia fue el palacio Monplaisir hecho en madera. En 1714 empezó la creación de los Parques Superior e Inferior. La residencia creció y durante 300 años no hizo sino adquirir más brillo artístico. Trabajaron en su imagen única los mejores arquitectos de la época.

El Emperador concedía a las fuentes un importante papel en la decoración del complejo y dirigió en persona su planificación y construcción. Para dar forma a sus atrevidas ideas el zar contó con la colaboración de los mejores ingenieros rusos y europeos. En Peterhof nunca han hecho falta las bombas de agua: la peculiar posición geográfica de la zona ha permitido abastecer las fuentes de agua de forma natural.

La Gran Cascada es la perla del grandioso sistema de fuentes de Peterhof. Es único en todo, en tamaño, volúmenes de agua, impresionante decoración y variada ubicación de los chorros. La construcción de la cascada empezó en 1716, y el 13 de julio de 1721 en presencia del zar se probó su funcionamiento. En realidad, la construcción y el perfeccionamiento del sistema de fuentes duró hasta mediados del siglo XIX. Finalmente, en el Parque Inferior se formó un complejo compuesto por más de 150 fuentes y cuatro cascadas y en el Parque Superior, cinco fuentes y una cascada.

Ahora, en el viaje a Peterhof desde San Petersburgo, en los terrenos que rodean la autopista donde y en su momento Pedro el Grande iba dejando a los allegados, se puede ver reconstruidos los palacios y los palacetes. Se ve también algún que otro chalet de estilo moderno, pero igualmente de impresionantes dimensiones.

Peterhof no es sólo el complejo del Palacio Grande, pero también tales joyas de la arquitectura como la Catedral de Pedro y Pablo, bendecida en 1903. Después de la misa oficiada precisamente en esta catedral, el Zar Nicolás II tomó la decisión que marcaría para siempre su destino, la de cumplir con su deber ante los aliados y entrar en la Primera Guerra Mundial. Es también el palacio Belvedere, las caballerizas imperiales del estilo pseudogótico que ofrecían cobijo a 328 caballos, el enorme picadero y muchas otras cosas.

Hoy en día Peterhof, con una población de cerca de 70.000 habitantes, es una ciudad aparte, aunque considerada uno de los barrios de San Petersburgo. Abundan los edificios modernos, pero se observan los cánones de la arquitectura clásica. Peterhof goza de fama también por la Fábrica imperial de porcelana, la más antigua del país. La calidad de sus productos era comparable con la porcelana sajona y su composición era muy parecida a la china. En la fábrica existe un maravilloso museo, abierto en 1801 por orden de Nicolás I. En 1721 empezó su gloriosa historia la Fábrica de relojes de Peterhof, que, sin embargo, se encargaba inicialmente del tallado de piedras preciosas para la familia real. El museo de la fábrica invita a sus visitantes a asomarse a la historia del Imperio ruso.

Antes de explicarles, cómo se va a Peterhof, me gustaría que me prometan que no van a hacer un viaje, sino varios. Es un sitio para volver más y más veces.

¡En marcha, pues! Una opción es ir en tren de cercanías desde la estación Baltiyski. Se compra el billete hasta Nuevo Peterhof y se tarda cerca de 45 minutos. Hay un detalle: desde la plaza de la estación es necesario tomar alguno de los autobuses (El 350, 351 o el 352) e ir otras cinco paradas hasta el destino final. Se puede también escoger un coche de línea, desde la estación de cercanías o desde San Petersburgo.

La opción más romántica es ir por mar. Un barquito va circulando entre los malecones de San Petersburgo y el embarcadero del Parque Inferior de Peterhof.

 

Fuente: Sp.Rian

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