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Turquía y Rusia: Nostalgia y tentación imperialista

Ambos reivindican “derechos” inalienables de protección de su grupo étnico en países vecinos más débiles y en caos interno. Tayyip habla de los Turkmenos Bayirbucak en Siria, “nuestra gente” bombardeada por aviones rusos. Vladimir y su círculo de poder (desde spin doctors como Vladislav Surkov a exaltados al estilo Donald Trump) hablan del russkiy mir o mundo ruso, que abarcaría no sólo rusos, sino también rusófonos y “otros” pueblos que integraron el imperio ruso. Tales conceptos funcionan como instrumentos de poder, geopolítica y coerción. En su extremo, este discurso político presenta como legítima defensa lo que no son sino acciones de agresión y guerra. Justificando lo injustificable en el mundo post 1945, tenemos el ejemplo de la anexión de Crimea por “hombrecitos verdes”: el golpe de Estado en Ucrania, reconocido por uno de sus autores, Igor Girkin ‘Strelkov’ (militar ruso posiblemente vinculado al FSB). Éste narraba, con toda sinceridad, cómo tuvieron que encerrar a punta de automática a los parlamentarios crimeanos para “votar” la incorporación a la Federación Rusa.

Ante estas reivindicaciones, la comunidad internacional tiene instrumentos preventivos como el establecimiento de hechos, el derecho y la mediación. Es el caso de instituciones como la OSCE, cuyo Alto Comisionado para las Minorías Nacionales ha alertado de masivos abusos contra los tártaros en Crimea, o el Consejo de Europa, con un Tribunal de Derechos Humanos cuya jurisdicción en Rusia podría terminar tras una reciente votación en la Duma (desamparando aún más a reclusos, opositores o gays). Pero no interesan porque suelen desarticular o matizar mucho tales narrativas. Asimismo, este discurso se apoya en lecturas revisionistas de la historia y los acuerdos internacionales; un ensordecedor spin propagandístico que alecciona al odio contra el Otro, y un espacio mediático controlado donde reina lo falaz y lo absurdo (entre anuncios sobre el buen tiempo que hará mañana para bombardear Siria). Más que ciudadanos, se busca crear lo que en el espacio post-soviético se conoce como “zomboyashchiks” (zombies).

En el fondo, a Tayyip y Vladimir les une la tentación imperialista y la nostalgia por grandezas pasadas. Uno, recibiendo a dignatarios extranjeros con guardias otomanos en galas de hace siglos, juega con un neo-otomanismo que mira a Oriente Próximo y Balcanes. El otro, bajo el síndrome de Versalles, lamenta el fin de la URSS, pensando en los zares. Una política exterior así permite ocultar desequilibrios básicos y mal gobierno en casa, aumentando la presión sobre opositores, clases profesionales o minorías. Sin duda, en tiempos de miedo, este discurso político vende. Erdoganismo y putinismo son tentadores para los reyezuelos regionales en Balcanes, desde donde escribo. También para líderes de la UE como Orbán o Le Pen, y algunos autoritarios de izquierda.

La realidad es que “nuestra gente” suele ser irrelevante en este Nuevo Gran Juego, tan parecido al viejo. Lo que importa es el control del país vecino en sí mismo a través de un gobierno amigo (o sea, controlable), y cuando eso no fuere posible, su debilitamiento o partición.

¿El resultado? Más conflictos étnicos donde antes, a menudo, había coexistencia de identidades híbridas. Empeora, como profecía auto-cumplida, la situación de “los nuestros” (que les pregunten a los serbios de Kosovo). Aumenta la inseguridad general y los riesgos de trágicos errores de cálculo. El revisionismo histórico unido a conceptos étnicos nos conduce a la inestabilidad sin fin y escenarios de 1914. ¿Se imaginan ustedes si Marruecos invocara “derechos” similares, no ya en Ceuta y Melilla, sino con los marroquíes en España; China en Siberia, o Alemania en Alsacia, Lorena y Kaliningrado? Urge reconstruir el orden internacional, rechazando el discurso político de estos sultanes, y la irresponsabilidad elevada a norma de mala conducta internacional a que nos arrastran con su testosterona, egos y delirios imperiales.

Francisco de Borja Lasheras es director adjunto de la oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR).

Fuente: elmundo.es

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